La pérdida de la identidad del Jurista en el desarrollo universitario.

Por  Danielha Paz Villarroel. (Universidad Católica del Norte).

A veces uno puede llegar a considerarse muy inexperto en esto del mundo del derecho, acostumbrado a seguir la manera sistémica de su estudio durante el pregrado, sin llegar a tener mayores aspiraciones que las de aprobar los cursos. Cuestión que llega a ser bastante abrumadora considerando la edad que uno tiene. 
“La crisis de los 20” quizás tiene la culpa, mi persona no se escapa de aquello y por ese motivo (creo) escribo desde una perspectiva emocional-jurídica. Desconozco las motivaciones que tendrá el lector para estar estudiando Ciencias Jurídicas, pero yo simplemente estudio porque me gusta el Derecho.

Actualmente me encuentro en la búsqueda de un sentido vocacional, porque al parecer no basta tan solo el gusto por estudiar. Constantemente los jóvenes estamos intentando demostrar “ser alguien” y de cierta manera esto es un intento de aquello. Quisiera poder compatibilizar mi gusto con un propósito para mi vida y como buen joven, no me resultan ajenas las crisis de identidad. Llegado a este punto de reflexión es que quisiera compartir algo en torno a esta búsqueda y sentido de lo jurídico.

Enfrentarse siendo estudiante universitario a un mundo en donde la información es tan accesible, es algo que paradójicamente es bastante complejo de afrontar. ¿Qué es lo innovador que puedo prestar yo hacia la sociedad? Uno ya piensa que nada es posible de crear y mostrar al mundo algo novedoso, ni siquiera es necesario hacer una investigación exhaustiva cuando existe una IA que lo puede hacer por ti. No es desconocido entre nosotros, los cambios socioculturales de Chile en los últimos 20 años y los fracasos de la respuesta política ante las demandas sociales.

Se ha intentado hacer frente a un latente malestar social mediante la acción política y legislativa, pero es posible constatar que aquella no es del todo eficiente, en cuanto a su eficacia expresa una carencia en su rigurosidad técnica-jurídica, basta con recordar los intentos fallidos de los procesos constituyentes.  
Las problemáticas no se limitan a la esfera pública, sino que también, están presentes en la esfera privada de las relaciones, expresándose en una descoordinación que tienen nuestras  instituciones vigentes a causa de este abandono realizado por nuestro legislador y las personas que debieran hacer uso de ellas. Marca un precedente importante para aquella conclusión, todo aquello que la pandemia del Covid-19 nos obligó a cambiar en nuestra forma de interactuar, principalmente me refiero al desenvolvimiento de las relaciones jurídicas entre los sujetos de Derecho Privado.

El problema no es menor, si se toma en cuenta que la respuesta legislativa a estas cuestiones no es más que un remedio rápido y de amplio alcance. Considero que la principal consecuencia de la búsqueda de acción legislativa en cuestiones que necesitan ceñirse a conocimientos de derecho entre nosotros es convertir los años del pregrado en una modalidad de estudio basada en las normas positivas y su mera aplicación en tribunales. Cuestiones relativas a la dispersión normativa en sede de Derecho de Consumo, Comercial, la falta de un Derecho de Familia que responda efectivamente al reflejo de nuestra coyuntura y una nueva base dogmática al respecto de la relación jurídica de derecho privado, las cuales han sido interpretadas como interacciones reales y materiales, pero en el presente ha evolucionado, traspasando la barrera de lo material para pasar a ser relaciones formadas mayormente en medios digitales de carácter inmaterial de una duración casi instantánea. Podríamos preguntarnos entonces, ¿quién se puede hacer cargo de esta situación? La doctrina sería mi respuesta, los grandes conocedores de la disciplina jurídica y sus obras. Sobre las cuales acostumbramos estudiar en nuestra formación, especialmente dentro del Derecho Civil.

Aquella fuente generadora de Derecho se reduce en la práctica, en un individuo que conocemos como el “Jurista”. Encargados de realizar tres tareas esenciales 1. diseñar las disciplinas jurídicas; 2. formular teorías e instituciones; 3.formular principios jurídicos para llenar los vacíos normativos. En la actualidad el desarrollo doctrinario ha sido llevado a cabo por grandes de nuestra historia jurídica, pero somos humanos, por tanto nuestra existencia efímera, el joven estudiante de hoy el día de mañana será el encargado de asumir tal rol. Dentro de esta compleja sociedad debemos volver a cuestionarnos la identidad del Jurista, y así poder lograr un nivel de entendimiento del Derecho acorde a sus nuevas y espontáneas manifestaciones de éste.

 ¿Quién es Jurista?

En nuestra formación básica se tiende a limitar el estudio de esta figura a un mero reconocimiento de determinados Juristas relevantes en la configuración de nuestro ordenamiento jurídico vigente. Como consecuencia, existe un abandono y desconocimiento sobre su Identidad, desplazándose casi a un rol de personaje histórico. Panorama ante el cual pareciera limitado el surgimiento de nuevas voces que se pronuncien sobre la realidad jurídica contingente y que sean tomadas en serio como objeto de reflexiones e influencia. Respondiendo a la anterior pregunta, lo proyecto como aquella persona encargada de realizar la contemplación jurídica del fenómeno social. Más allá de sus claros conocimientos en derecho, es un individuo que se encarga de observar detenidamente lo que ocurre en el medio donde se desarrolla. Puede parecer que mi concepción se acerca a una especie de “arte”, claro está que para mí es una labor que necesita de la pasión.

En otras palabras, podemos encontrar una descripción de las cualidades que debiera tener este individuo, realizada por el Profesor Don Italo Merello en su último libro nos dice que un verdadero conocedor del derecho debiese estar interiorizado en su triple aspecto: el dogmático (derecho vigente), el filosófico (el estudio de sus fundamentos últimos) y el histórico (el estudio de su desarrollo temporal).

Pocas veces se leen comentarios críticos sobre nuestro Derecho, la gran mayoría de expresiones literarias se han reducido a las monografías de nuestra legislación. Las cuestiones planteadas en los párrafos anteriores ponen de manifiesto la existencia de un centro de estudio que resulta fundamental para que el Jurista moderno pueda demostrar sus habilidades.

No obstante, al importante aporte de estos sujetos a la diversidad de teorías, instituciones y principios jurídicos, en la realidad, hemos desplazado a la Doctrina, pero ¿cómo? (Quizás aquí mi explicación no será tan técnica).

En mi realidad suelo escuchar comentarios entre pares sobre la poca importancia e interés que se le atribuye al estudio de las discusiones doctrinales. Para dar una descripción más gráfica al lector, imaginen que estudiar a los grandes juristas implica “darse una vuelta más larga” para llegar a un mismo punto; lo que el legislador dice. Luego al momento de enfrentarnos a la evaluación de nuestros conocimientos en Derecho poca relevancia toma para este proceso que tanto comprendemos sobre la norma, lo único importante resulta ser lo que dice la norma y ya está. Por poner un ejemplo, ¿Qué tanto sabe Ud. sobre la distinción de cosa y bien? Claro está que nuestro código usa indistintamente ambos conceptos pero que a nivel doctrinal existen diversos planteamientos que no se agotan hasta el día de hoy.

Socialmente se tiende a proyectar en la figura del “Abogado” una función estática; como aquel experto en el conocimiento de una determinada legislación y capaz de tramitar ante tribunales una diversidad de causas, valorando en él como principal habilidad: la buena memoria. Resulta vinculante a esta concepción estática de la profesión, la tradición de un Derecho de creación legislativa, lo que termina por predeterminar la manera en cómo se estudia la ciencia jurídica en la formación universitaria. ¿Estudiamos Derecho solo para ser abogados estáticos?.

La formación de un jurista depende en gran parte, de la experiencia ha obtenido de su profesorado, por tanto, es fundamental entender el cómo puede influir el ambiente pedagógico en que desenvuelve el alumno (estudiante de Derecho) dentro de los centros de estudios. Considero necesario fomentar en el estudiante “la curiosidad jurídica”, con el propósito último de poder contribuir a la sociedad con su pensamiento crítico, propio de nuestra disciplina. Entendiendo, por tanto, al derecho como un fenómeno social que necesita ser interpretado. Nos enfrentamos a un gran desafío, ¿cómo introducir al joven que ingresa a la universidad sin saber nada sobre derecho?.

En la gran mayoría de mallas curriculares encontramos a las asignaturas de Historia del Derecho y Derecho Romano. Estas tienen por objetivo pedagógico familiarizar al estudiante al lenguaje jurídico, conceptos, métodos y demás herramientas necesarias para obtener un panorama “completo” de la privatística. Lamentablemente en la práctica he observado varios problemas que dificultan este proceso de “adaptación” del estudiante. El factor tiempo es relevante, por cuanto está limitado el estudio de estas asignaturas a un semestre y si tenemos suerte a dos. Otro elemento a tener en consideración son las aptitudes que el alumno tiene al ingresar a la carrera, las cuales no logran ser del todo suficientes para enfrentarse a las arduas lecturas encomendadas por los profesores, optando estos por no sobrecargar al estudiante y abstenerse al contenido pasado en clases. En mi experiencia es bastante desalentador el panorama, por cuanto desde mi labor como ayudante intento promover estos hábitos de lectura, pero es difícil enfrentarse a un perfil de estudiante el cual no ha sido motivado a adquirir habilidades desde su formación básica y media.

Cabe reflexionar, por tanto, en la necesidad de personas capacitadas en la tarea de la observación jurídica del medio, la cual importa una labor que tiene influencia transversal para el desarrollo de un sano Derecho, el que está condenado a dar respuesta a las necesidades sociales. Para quien desee asumir este rol de Jurista, debe tener un real compromiso en la profundización de materias que sean de su interés, con un espíritu de análisis crítico no solo sobre el funcionamiento del ordenamiento jurídico, sino también acerca de la influencia de ciencias interdisciplinarias que se vinculan de una manera u otra con lo jurídico. Ya lo planteaba así el gran profesor Don Alejandro Guzman Brito en su gran tratado de derecho romano en donde su prólogo nos incita a pensar sobre la finalidad última de las facultades de derecho, la cual es no solo formar a un jurista en el sentido más pleno de la palabra, sino también a un abogado, y en ambos casos a un hombre de derecho culto.

Quizás aún no pueda dar una solución concreta en este momento a las cuestiones políticas que anteriormente plantee, en futuras columnas podría referirme en mayor detalle. Más bien quisiera relacionar estas ideas con la importancia de empezar a cambiar el enfoque del estudio sistemático, refiriéndonos al tema central de este texto como aquella faceta que todo estudiante potencialmente podría desarrollar, no tan solo como abogado si no también su función como jurista y el desafío que implicaría para él, formar tal vocación de servicio.

Esta entrada fue publicada en Opinión. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario