Reeducación en vez de castigo

Por Alessia Falcitelli (Alumna de 5to año de la carrera de Derecho en la Universidad de Millán).

La cuestión de la eficacia de los proyectos de reeducación en las prisiones ha sido durante mucho tiempo el centro de un gran debate. Como en la mayoría de las constituciones modernas, el artículo 27 de la Constitución italiana establece que «las penas tendrán por objeto la reeducación del condenado». El ideal de este artículo es básicamente que la cárcel debe reeducar antes de castigar. 

El sistema no se fija únicamente en este objetivo, sino que también indica los medios para alcanzarlo. En la legislación italiana encontramos la Ley Penitenciaria, que se encarga de indicar los principios básicos del tratamiento reeducativo, así como de establecer las disposiciones prácticas para que sea efectivo, citando principalmente el trabajo, la educación y la formación y las actividades culturales. Participando en estas actividades y a través de los contactos con el mundo exterior, entrevistas y reuniones con psicólogos y criminólogos, principalmente de forma individual, el delincuente, una vez finalizado el periodo de detención, debe estar preparado para volver a formar parte de la sociedad, dejándo atrás el pasado delictivo. 

Partiendo de estas premisas teóricas, ¿cómo se explica la tasa de reincidencia en Italia? El Ministerio de Justicia nos dice que en 2020 el porcentaje de expresos que, una vez liberados de la cárcel, volverán a delinquir será de alrededor del 70%. Se trata de una cifra exorbitante, ya que parece demostrar el fracaso casi total del proyecto de reeducación en sí. 

Sin embargo, esto no es del todo cierto: hay realidades penitenciarias que desmienten esta afirmación. La prisión de Bollate, situada en las afueras de Milán, nos muestra una realidad completamente diferente. Aquí la tasa de reincidencia, registrada en los primeros meses de 2021, es del 30%1.  

Antes de describir la realidad de la cárcel de Milán, conviene hacer una observación sobre la importancia del éxito del programa de reeducación. De hecho, este tipo de programas dedicados a los presos no sólo benefician al propio delincuente, sino a toda la sociedad. Para demostrarlo, podemos fijarnos en los datos publicados por la Administración Penitenciaria italiana, que constata anualmente el gasto que realiza el Estado italiano para gestionar la maquinaria penitenciaria. 

Cada preso le cuesta al Estado unos 137 euros al día. Esta cantidad, multiplicada por toda la población penitenciaria (casi 57.000 reclusos) arroja un resultado nada desdeñable: más de ocho millones de euros. Si vamos más allá y multiplicamos el coste de todos los reclusos de las cárceles italianas por el número de días del año, llegamos a una cifra desorbitada: unos tres mil millones de euros. Este es el coste anual de los presos en Italia. 

Este paréntesis nos sirve para comprender lo fundamental que es para un país invertir en programas de tratamiento adecuados para una verdadera reeducación de los reclusos. 

Y bien, ¿cómo fue posible lograr este resultado en la prisión de Bollate? 

El cambio se produce en los primeros años del nuevo milenio: en 2002 se eligió a una mujer, Lucia Castellano, como directora de la prisión. Ella quiso mostrar cómo el modelo de la «cárcel de los derechos» representa una síntesis entre la seguridad social y el respeto de los derechos de cada preso. De hecho, en muchas entrevistas, cuando se le preguntaba «¿cómo ha conseguido este resultado?», respondía simplemente «aplicando al pie de la letra las normas contenidas en la Ley Penitenciaria”. En esta misma se encuentran normas dedicadas al trabajo en prisión, a las actividades de formación e incluso a la posibilidad de realizar actividades fuera de la cárcel. Y en Bollate todo esto es una realidad. 

Caminando por los pasillos de la prisión, a través de los muros de la cárcel, donde las pinturas de caballos trotando y playas al atardecer (realizadas por estudiantes-voluntarios de la Academia de Bellas Artes de Brera) dan un aire de libertad, se ve una población ocupada: unos van a trabajar, otros a la escuela. 

De hecho, en la prisión hay sucursales de diferentes empresas. Por ejemplo, con la ayuda de la cooperativa social Bee-4, hay un centro de llamadas que se encarga de la «atención al cliente» de varios gigantes de la telefonía; además, a partir de enero, Vodafone Italia también trabajará directamente con la prisión, recurriendo a los reclusos de la cárcel de Bollate para el proceso de eliminación y recuperación de todo lo posible de un móvil. Asimismo, hay pequeñas empresas de carpintería, restauración, talleres de sastrería, copisterías y creación de accesorios de bisutería. Hay incluso un picadero y un restaurante, abierto al público, gestionado íntegramente por reclusos con un nombre que no está nada fuera de lugar: “En la cárcel”. 

En cuanto a las actividades educativas, en Bollate es posible asistir a clases en todos los niveles escolares: desde la primaria hasta la universidad. De hecho, existe un centro universitario en la prisión, que permite a los reclusos obtener un título, válido a todos los efectos, mientras están en prisión. 

Más allá de la lista de actividades que se pueden realizar en la cárcel, creo que hay dos observaciones esenciales.

En primer lugar, no olvidemos que los trabajadores tienen un contrato de trabajo válido, de acuerdo con los requisitos de los contratos colectivo nacional de trabajo, con un salario adecuado y todas las precauciones previstas para cualquier otro trabajador (cotizaciones a la seguridad social y a la seguridad social, vacaciones, enfermedad, …).  Y lo mismo ocurre con los estudiantes: se examinan para pasar al curso siguiente, obtienen un título válido y reconocido, cubren en clase las materias previstas en los programas nacionales elaborados por el Ministerio de Educación y hacen examen con los mismos profesores que enseñan en las universidades públicas milaneses. 

Con ello se pretende demostrar que la vida en prisión no es algo totalmente alejado de la realidad, ya que la vida en prisión está diseñada para que los presos puedan afrontar la vida fuera de la cárcel, gracias a los recursos económicos y a la cualificación. Y los datos nos muestran que esta vida preparatoria funciona: la mayoría de los que salen de Bollate se reincorporan realmente a la sociedad. 

La segunda consideración se refiere a la organización de estas actividades. La realidad de Bollate no existiría sin cooperativas sociales y voluntarios. De hecho, oficinas de distintas empresas han sido abiertas por cooperativas sociales que han conseguido llegar a acuerdos con ellas. El mejor ejemplo es el de la ya mencionada cooperativa social Bee-4: esta empresa social creada dentro de la cárcel de Bollate, ha firmado una asociación con NeN, la primera empresa de EnerTech en Italia, dando vida a «IntegrazioNeN», un proyecto con una doble finalidad: por un lado, el social, para contribuir a la reinserción laboral de los internos del centro; por otro, el operativo, para mejorar la calidad del servicio al cliente de NeN, encargando a un grupo de internos algunas actividades de «control de calidad» en el proceso de contratación de nuevos suministros de energía.

Lo mismo ocurre con la gestión de las actividades de educación y formación: profesores y estudiantes voluntarios acuden a la prisión para apoyar a los alumnos detenidos en sus estudios, coordinados por la cooperativa “Articolo 3”, que se encarga de organizar el aparato burocrático y de conseguir colaboraciones con escuelas y universidades. De hecho, para entenderlo mejor, el alumno detenido es formalmente estudiante de la Universidad de Milán (la misma en la que estoy matriculado), que estudia en el Campus de Bollate. Esto gracias a “Articolo 3” que firmó un acuerdo de colaboración con la Universidad de Milán y activé un proyecto por el cual nosotros los alumnos podemos convertirnos en tutores de los estudiantes detenidos. 

Es muy importante subrayar cómo estas actividades son posibles gracias al compromiso de la sociedad civil. Para crear puestos de trabajo, clases y conferencias se necesitan inversiones y colaboradores. Son pilares fundamentales para que la máquina funcione, sin la cual esto no podría existir.  

Y una última reflexión tiene que ver con la filosofía y el ideal que hay detrás de esta realidad, que fue el inicio del cambio: el preso, independientemente del tipo y la gravedad del delito, debe ser siempre reeducado. La idea es que incluso los autores de los crímenes más incalificables son tratables y, por tanto, pueden cambiar. 

Lo que ocurre en la práctica es que, al principio del tratamiento, a cada detenido se le lee un contrato y se le hace firmar. El contrato tiene un valor extremadamente simbólico, y a través de él las personas se adhieren totalmente al programa, firman y por tanto aceptan participar en todas las actividades que se les propongan y se les aclara que el contenido será confidencial. Esto significa que todos los internos, que forman parte de la misma realidad, conviven y participan en las diferentes actividades, también con los presos normalmente excluidos (por lo general delincuentes sexuales) lo que les permite evitar el internamiento en pabellones de seguridad, donde el aislamiento, la violencia y la soledad contribuyen a menudo a agravar situaciones ya problemáticas y complejas. 

El mensaje que hay que transmitir, que Bollate transmite, es que ningún detenido vale menos que otro, y que todos, independientemente dal caso particular, tienen derecho a ser reeducados. Y este modelo basado en trabajo, educación, teatro e incluso mercadillos navideños (organizados dentro de la cárcel) ha demostrado ser eficazmente capaz de reeducar y resocializar a los presos. 

Referencias

1. Cabe recordar que entre el 2017-2019 la tasa rondaba el 18-20%. Con la crisis sanitaria que ha azotado al país, varios reclusos procedentes de otros centros fueron trasladados a la prisión de Bollate y, por tanto, los datos también se ven afectados por el hecho de que no todos los sujetos que terminaron su periodo de detención en Bollate participaron realmente en el su programa de reeducación.

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